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EL VALOR DEL SILENCIO

Vivimos en un mundo bastante ruidoso, rodeados de estímulos que nos llegan en forma visual y sonora constantemente. Adictos a todo esto casi todos cuando nos levantamos encendemos la radio, la tele o miramos el móvil.

Y si eso no fuera poco también tenemos los estímulos constantes de nuestra mente, que como un mono loco pasa de un pensamiento a otro, de una idea a otra, de un recuerdo a otro, de un deseo a una emoción, etc. todo el tiempo. Y hablando de tiempo, nos pasamos la vida expresando que no nos da tiempo a nada, que vamos como locos de un lugar a otro, encadenando actividades, compras, rutinas…

Es una locura de vida. Y lo peor es que tenemos la sensación de que se nos pasa volando. Días, meses y años sin enterarnos, arrastrados por la corriente y acumulando tensión y ansiedad sin poder evitarlo.

Un grupo de investigadores alemanes del Research Center for Regenerative Therapies han descubierto que el silencio tiene un impacto enorme en el cerebro. Reservar algunos minutos al día para estar en completo silencio podría ser muy beneficioso para nuestro cerebro, ayudándonos a conservar la memoria y a ser más flexibles ante los cambios. Además, nos libra del estrés y disminuye nuestra presión sanguínea.

Cualquier momento del día sirve para parar, tomar aire, observar los contenidos de la mente y nuestras sensaciones corporales…

Sentir para vivir. ¿Qué es vivir la vida con intensidad? Desde luego no es vivir con el piloto automático.

Es vivir el momento presente con los cinco sentidos, estando presente todo el tiempo, haya lo que haya y «sentirnos».

Las personas que practican Mindfulness o Atención Plena cuentan que esto es lo primero que notan con la práctica diaria: que la vida cunde más, que estás más vivo, que eres más tú, que diriges tu vida, que todo tiene más sentido.

¿Te animas a conocerlo?

Ana Belén Núñez Morán.- Instructora de Mindfulness

Crianza Consciente

Este es un tema apasionante y sumamente importante en la vida de cualquier persona, ya que prácticamente todo el mundo tiene a lo largo de su vida contacto con algún niño o niña.

Recibe múltiples denominaciones: maternidad/paternidad consciente, crianza con apego, crianza consciente, disciplina positiva, educación respetuosa, slow parenting, paternidad responsable…

Afortunadamente vivimos en la era de la información y por eso los padres de hoy en día no tenemos excusa para no ser mejores padres. Hoy en día, los avances de la psicoterapia y de la neurociencia ponen luz y ayudan a entender cómo es el cerebro del niño en cada etapa, cómo funciona su psique y qué consecuencias tendrán las experiencias que viven hoy en el adulto que serán mañana.

Consiste en una crianza o educación basada en el respeto al niño en cada una de sus etapas, acompañándole para que pueda disfrutar de cada período, librándoles también del estrés y la exigencia a los que normalmente les tenemos sometidos la sociedad en general. Cuidamos además el tiempo que estamos con ellos, regalándoles “presencia”, atención plena y promovemos sentimientos de aceptación total y amor incondicional: “te quiero tal cual eres”, “eres maravillosa” suelo pensar yo muchas veces cuando abrazo a mi hija, e intento sentir esta frase en mi corazón.

LAS NECESIDADES BÁSICAS DEL NIÑO

Para empezar es fundamental entender que los niños tienen unas necesidades básicas, que tienen presentes en todo momento, y que rigen su mundo.

  • Necesidades fisiológicas (alimento, refugio, contacto y apego en el caso de los bebés).
  • Sentirse protegidos. El miedo o la falta de comprensión de lo que sucede a su alrededor suele ser causa de muchos comportamientos rebeldes de nuestros hijos.
  • Poder moverse y desarrollarse en libertad.
  • Amor y pertenencia, sentirse amados, tenidos en cuenta, aceptados y pertenecientes a un grupo y a una familia.
  • Necesidad de respeto y sentirse valorados por quienes son. Aquí incluyo la buena comunicación con ellos, el hecho de explicarles las cosas que ocurren,(en su lenguaje y de forma natural, sin dramatismos).
  • Necesidad de poder crecer y evolucionar a todos los niveles. Tener oportunidades para conocer, experimentar…
  • Necesidad de conectar con los demás. Esto nos hace sentir la pertenencia y la propia valía.
  • Necesidad de sentir confianza en ellos. Esto va unido al respeto. Te quiero y confío en ti. De esta manera les damos la oportunidad de que vayan haciendo cosas por sí mismos y vayan conquistando su propia autonomía y capacidad de decisión.

Como se ve, todo esto lo tenemos que proporcionar los padres. ¿A que nunca pensaste en todo esto antes de tener un hijo?

No nos quedamos con lo que hace el niño y si es o no correcto, sino que vamos a por qué lo hace. Nos hacemos preguntas. ¿Qué necesidad no tiene satisfecha en este momento para portarse así? Como dice Yvonne Laborda: “Los niños siempre tienen un motivo valido para hacer lo que hacen aunque no siempre nos gusten sus reacciones ni sepamos su causa. Cuando un niño se siente mal automáticamente se “porta mal”. Si su estado emocional mejora (se siente bien), su comportamiento también mejora. Generalmente, cuando “se pasan” es porque no tienen mejores herramientas. Pensemos qué podemos hacer para ayudarles a canalizar mejor lo que sienten en vez de pensar que hay algo en ellos que no va bien.”

LA HERENCIA RECIBIDA

Creo que también es bueno reflexionar de dónde venimos, analizar cómo fueron con nosotros nuestros padres. En este ejercicio nos damos cuenta de cuán parecidos somos en muchas cosas en nuestra relación con nuestros hijos. ¿Podemos huir de la herencia, de la costumbre, de lo aprendido? Claro que sí!! Entregamos esa herencia, renunciamos a ella con amor, agradeciendo a nuestros padres de corazón todo lo que hicieron por nosotros, aunque haya cosas con las que no estemos de acuerdo. Hicieron lo que pudieron, y sobre todo, lo que sabían.

Pero no se trata de huir porque sí y hacer completamente lo contrario. Se dice que hemos pasado de un extremo al otro, que antes eran muy estrictos y ahora somos muy permisivos, de ahí el término hiperpaternidad. A mí me parece que hay que hacer las cosas con conciencia, llevando las riendas nosotros de cómo queremos educar. Por supuesto que no siempre la cosa “sale” como tienes en mente y en ocasiones pierdes los estribos y explotas reaccionando como seguramente hicieron contigo de pequeño. Lo bueno es “darse cuenta” y proponerse reaccionar mejor la próxima vez.

LO QUE ME PASA POR DENTRO

Un padre consciente, como la misma palabra dice, ha de saber en cada momento lo que le pasa por dentro. Utilizar la herramienta mindful del “observador” para escanear qué pasa por su cuerpo y por su mente ante cualquier reacción, comportamiento o situación que viva el niño.

Los niños detectan nuestra energía, nuestros miedos, y los adoptan. Además copian nuestras conductas y reacciones.

Además hay que estar pendientes de nuestras proyecciones, de nuestras expectativas respecto a los hijos, nuestros deseos insatisfechos que queremos que ellos cumplan a toda costa, etc.

Ellos han de ser libres y han de averiguar qué han venido a hacer a este mundo. Debemos ayudarles a descubrirlo, ofreciéndoles la oportunidad de vivir todo tipo de experiencias pero sin encaminarles ni presionarles.

Siempre digo la frase: “para sanar al hijo hay que tratar al padre”. Empecemos por nosotros mismos, revisando nuestras creencias, patrones mentales, proyecciones, expectativas y diseñemos un modelo a seguir, sabiendo que no es sencillo y que nos equivocaremos muchas veces. Revisemos nuestra infancia, nuestras heridas allí recibidas y pongamos luz y sentido a todo eso, si es necesario con ayuda de un psicoterapeuta. Es lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos y por nuestros hijos. No les condenemos a ser una copia ni les dejemos solos a la deriva. Nuestra responsabilidad como padres es esa.

Es muy aconsejable leer sobre el tema y acudir a charlas o escuelas de padres.

CONCLUSIÓN

Ser padre o educador es un ejercicio continuo de “ver” viejos patrones adquiridos que saltan automáticamente y “decidir” actuar así o de otra manera más adecuada. Es maravilloso poder saber qué puede necesitar nuestro hijo para así mirarlo con otros ojos, ponernos en su lugar y utilizar otros recursos para ayudarle a gestionar lo que le sucede.

No es tarea sencilla, pero yo prefiero estar en este camino y participar de la crianza de mi hija. Soy tan consciente de la importancia de la infancia en la vida de una persona que ya no puedo mirar hacia otro lado. Mi compromiso es total. Pero no sólo para que mi hija consiga ser un ser humano completo y maravilloso sino también por mi propio desarrollo.

Los hijos, al igual que la pareja, son maravillosos espejos donde poder mirarnos para vernos de verdad y crecer. La crianza consciente va por ese camino, un sendero de crecimiento conjunto y lleno de presencia y amor incondicional.

Ilustración de Lindy Longhurst

Alimentar nuestro amor

 

“Cada uno de nosotros puede aprender el arte de nutrir la felicidad y el amor. Todo necesita alimento para vivir, también el amor. Si no sabemos cómo nutrir nuestro amor, se marchitará. Cuando alimentamos y apoyamos nuestra propia felicidad, estamos nutriendo nuestra habilidad para amar. Por eso amar significa aprender el arte de nutrir nuestra felicidad.” Thich Nhat Hanh

 

 

 

Al leer estas reflexiones me viene a la cabeza las palabras “Compromiso” y “Atención Plena”.

Para buscar la felicidad día a día hemos de tener Compromiso con nosotros mismos. Tener la intención de conseguir la dicha, tenerlo en mente, tenerlo presente, como un objetivo vital. Pero sin prisas, sin expectativas, sin sufrir por el camino, confiando en que es posible. Si es necesario puedo hacer un escrito, donde me comprometa a vivir intensamente buscando nutrir mi amor, mi felicidad. Cuando estoy alineado con mi objetivo vital, (ser feliz), y comprometido con ello, la vida se vive de forma intensa y todo resulta de provecho, de alimento para el alma.

La sociedad ve con malos ojos a quien busca su bien. Enseguida salen las etiquetas y la palabra “egoísta”. Pero, paradójicamente, es justo al revés. El principal objetivo de una persona es su propia felicidad. Sólo el que tiene amor en su corazón puede ofrecerse a los demás.

Necesitamos, además, la herramienta y esa no es otra que la Atención Plena. Estar atentos, observar constantemente es la manera de detectar nuestras necesidades y las de los demás. Cuando observo de forma intencionada, abierta, serena y compasiva soy capaz de localizar todo aquello que necesito para ser feliz, que pueden ser pequeños detalles en mi vida diaria. Si no hubiera estado plenamente atenta hoy cuando abrí la ventana de mi cuarto no me hubiera percatado de la fresca brisa que se había levantado y no hubiera bajado a sentarme en mi lugar favorito, bajo los árboles, a disfrutar de un momento maravilloso que me hizo conectar con la vida y con la naturaleza. Me regalé un momento Mindfulness gracias a estar atenta a lo de fuera, pilotando en manual en vez de con el piloto automático con el que vamos por la vida haciendo cientos de pequeñas acciones una tras otra sin percatarnos de nada más.

Sólo cuando mi amor está nutrido podré amar a los demás de la forma correcta. No puedo dar lo que no tengo, ni ser maestro de nada que no haya experimentado.

¿Qué te parece?

Ilustración de Lindy Longhurst

El Corazón como un río

Inicio mi blog con una serie de reflexiones que nos pueden ayudar a aprender Cómo Amar, de la mano de Thich Nhat Hanh, un maestro zen vietnamita, poeta, escritor y nominado a premio Nobel de la Paz.

El corazón como un río

“Si echas un puñado de sal en una taza de agua, el agua se vuelve imbebible. Pero si echas la sal en un río, las personas pueden seguir sacando el agua para cocinar, lavar y beber. El río es inmenso y tiene la capacidad de recibir, abrazar y transformar. Cuando nuestros corazones son pequeños, nuestra comprensión y compasión son limitadas y sufrimos. No podemos aceptar o tolerar a otros con sus defectos y queremos que cambien. Pero cuando nuestros corazones se expanden, estas mismas cosas no nos hacen sufrir más. Tenemos mucha comprensión y compasión y podemos abrazar a los demás. Los aceptamos como son y, de esa manera, tienen la oportunidad de transformarse. Entonces la gran pregunta es: ¿cómo ayudamos a nuestros corazones a crecer?”   Thich Nhat Hanh

Reconocer al corazón como centro inteligente y vivir desde ahí. Cuando uno conoce el poder del corazón se da cuenta de lo importante que es proponerse seguir su camino, que es el camino del Amor, la Aceptación, la Confianza y la Compasión.

Cada vez que sufro por un pensamiento o una emoción negativa cierro mis ojos y vuelvo al corazón. Respiro ahí y recuerdo que sólo se puede vivir desde dos puntos: desde el amor o desde el miedo. Cuando sufro es que vivo desde el miedo: a sufrir o que sufran otros, a que todo cambie y no sé si para peor, miedo a perder lo que tengo o lo que amo, a dejar de ser yo, etc. El camino del corazón se recorre de la mano de la Aceptación, que no es más que abrir los brazos a lo que llega, porque alguna enseñanza nos trae siempre y todo lo que ocurre siempre es para bien aunque no lo entendamos o veamos.

Mi corazón crece cuando observo todo a mi alrededor con serenidad, contemplo a los otros con amor y neutralidad, sin juzgar, me siento afortunada y agradecida por todo, empapada del milagro de la vida. Siento entonces plenitud. Actúo con generosidad en favor de otros, eso es Compasión.

Aceptar al otro como es. ¿Por qué desear cambiarlo? ¿Acaso no es como es como consecuencia de su herencia genética, su educación, sus experiencias y sus creencias? Entonces, cada uno es perfecto tal cual es en este momento. Y si algo ha de crecer o evolucionar sólo podrá suceder desde su conciencia y voluntad.

Como río acepto todo lo que en él se derrama, cae o fluye. Discurro por terrenos a veces tranquilos y otras veces con pendiente o escarpados. Pero siempre valorando cada instante y lugar porque confío en que todo tiene un sentido. En el río todo es vida, vida en constante movimiento y cambio. Todo cabe, todo está bien. Así debería ser también en el corazón.

Esta es mi visión de este tema. ¿Cuál es la tuya?